Por María Fernanda Ampuero

GALÁPAGOS

EL PARAÍSO ES UNA ISLA

Por María Fernanda Ampuero

 “Entonces un pinzón, del todo osado, se le posó en un dedo. No se sorprendió pues había escuchado muchas historias de pinzones que aterrizaban en la cabeza y las manos de la gente para beberse copas o lo que fuere. De modo que decidió disfrutar de esta bienvenida a las islas. Mantuvo la mano inmóvil y le dijo con dulzura al pájaro: ¿A cuál de las trece especies de pinzones perteneces?”

Kurt Vonnegut,

Galápagos

San Cristobal Galápagos - CLAVE Turismo

Pinzón de Darwin por Sam Rowley CDF

Antes del pecado original, nos cuenta la Biblia, Adán y Eva se paseaban contentísimos y siempre muy descomplicados por ese hermoso jardín. Allí los animales, inocentes, sin cautela, se les acercaban a comer de la mano y eso era precioso. Luego, ya saben, todo se fue al diablo –nunca mejor dicho–, con lo de la manzana que Eva –la mujer, siempre la mujer– le dio de comer al bobalicón de su marido. Con la expulsión, que ya es fea de por sí, ellos se convirtieron en exiliados, pero pasó algo aún peor: se perdió la armonía ser humano-naturaleza y las siguientes generaciones de hijos de los primeros exiliados tuvieron que acostumbrarse a animales asustadizos, huidizos, desconfiados.

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© GalapagosEcoTours – Tours Galapagos

Creamos o no en esta historia –tal vez sea mejor que no porque vamos a hablar de donde a Darwin le vino la idea de la teoría de la evolución–, lo cierto es que el Jardín del Edén siempre nos ha sido pintado como un lugar fantástico, maravilloso, mágico, por la abundancia de vida y por su inocencia. Eso se perdió con el pecado, qué desgracia.

Salvo en un sitio.

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© Terrasenses & Etica Events

Las Islas Galápagos conservan esa maravilla del paraíso que no es ni su paisaje ni su vegetación, aunque también, sino que todas las formas de vida que conviven allí están llenas de confianza y tranquilidad. Son, sin miedo, lo que han venido a ser al mundo. Créanme, no hay sensación más extraordinaria que la de que los animales no tengan miedo en sus ojos. Porque sí, se pueden ver todas las especies del mundo en un zoológico grande, pero un zoológico no es un lugar para un animal y todos, aunque vayamos, e incluso lo disfrutemos, en el fondo lo sabemos. Y porque, además, si nos fijamos bien, veremos tristeza y miedo en sus miradas.

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© Fundación Charles Darwin

Los animales de Galápagos, los verdaderos dueños de las Islas llamadas Encantadas -¡qué apropiado y bello nombre!–, hacen su vida a la vista fascinada de los visitantes: paren, comen, alimentan a sus crías, vuelan, reptan, nadan, se pelean, duermen, toman el sol y juegan, sí, juegan, unos con otros. El único Sea World del mundo donde nadie le ha enseñado a los animales, a fuerza de, quién sabe, golpes o castigos, a no tenernos miedo. Lo que pasa es que allí, en esas islas volcánicas, las aves, los mamíferos y los reptiles no tienen predadores y atraviesan las etapas de la existencia con una paz contundente y envidiable.

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© László Károlyi – Iguana Crossing

Pregunte a quien quiera que haya estado allí: la magia, el encanto, lo prodigioso es la tranquila belleza de la fauna. Cuando menos se lo espere, por ejemplo en un atracadero o en la plaza de San Cristóbal, encontrará lobos marinos tomando la siesta en las bancas públicas. Cuando menos se lo espere, por ejemplo mientras desayuna, decenas de pajaritos vendrán atraídos por el pan o el bolón de verde. Cuando menos se lo espere, también, una tortuga marina pastará de la hierba del fondo del mar frente a sus ojos –ojos con visor, claro– con esa tranquilidad suya tan sauria, tan prehistórica.

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© Nicolás Bahamonde

En San Cristóbal no hay que ir a ningún sitio especial para ver a sus habitantes más famosos, sus animales: basta bajar del avión y caminar un poco hasta el mar. Prodigio vivo, la playa. Ahí encontrará decenas de lobos marinos de todas las edades y tamaños como turistas que se torran al sol tropical (no, ellos no necesitan protector solar) y nadan en el Pacífico, súbitamente ágiles y elásticos como expertos en nado sincronizado, junto a los maravillados visitantes. Esta Isla no sería igual de hermosa e inolvidable sin su fauna. Esta Isla sería algo menos que el Paraíso si ellos no convivieran con tanta naturalidad con las personas.

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© Municipio de San Cristóbal

Sin embargo, ahí están desde hace miles de años viviendo sin temor, y, como escribió Kurt Vonnegut en su extraordinaria novela llamada justamente Galápagos:

“Podría quedarme aquí otro millón de años y todo ese tiempo, estoy seguro, no bastaría para que los pájaros bobos llegaran a entender que la gente es peligrosa. Sí, como ya he dicho, todavía bailan y bailan en la época de apareamiento”.

Bailemos, pues, como ellos.

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© Municipio de San Cristóbal 2

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