Por María Fernanda Ampuero

 

Qué difícil pedir a alguien que hable sobre su ciudad. ¿Qué va a decir? La ciudad, como el paladar, están estrictamente vinculados a los afectos, a los placeres, a la infancia, a lo que es sangre de tu sangre y carne de tu carne. Yo soy de Guayaquil, pero también soy Guayaquil, aunque lleve tantos años fuera. Borges lo decía de su tierra: “los años que he vivido en Europa son ilusorios. Yo estaba siempre (y estaré) en Buenos Aires”.

Yo estaba siempre (y estaré) en Guayaquil.

Guayaquil - Revista CLAVE Turismo Ecuador

Así que, imagínense, qué complicado poder contarles por qué Guayaquil es la mejor ciudad del mundo. No lo es, sabemos que no lo es, ¿cuáles son las características que debe tener una ciudad para ser llamada así? Guayaquil no es caminable, por ejemplo, como sí lo es Oporto. Guayaquil no tiene un clima ideal –de hecho es el infierno– como sí lo tiene, yo qué sé, Barcelona. Guayaquil no está plagada de museos y atractivos como París.

Y sin embargo, sin embargo… Ya verán.

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Recuerdo que hace unos quince años cuando trabajaba en la redacción de un gran periódico guayaquileño descubrimos que la guía de viajes Lonely Planet advertía a los extranjeros que venían a Galápagos o a Quito que si por mala suerte tenían que pasar por Guayaquil lo mejor era esperar en el aeropuerto o, si la desgracia era tan grande como para tener que pasar la noche, ir directo al hotel –“mucho cuidado con los taxis, pida a su hotel que le envíe un transfer”– y ni intentar pisar nuestras calles terribles como zona de guerra. Guayaquil para la Lonely Planet era mucho más peligrosa que Siria. Y fea. Espantosa.

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El comentario de quien sea que hubiera escrito ese texto era que no tenía ningún sentido correr el riesgo de pasear por esa ciudad porque ¿para qué? Era sucia, sin encanto, sin interés arquitectónico ninguno. Más o menos una favela grandota con miles y miles de habitantes. Un vertedero casi casi.

¿Quién querría pasear por una favela o un vertedero?

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Todavía me tiembla una vena en el cuello y me vibra el ojo al recordar la ira que me dio ese texto. Sí, ok, Guayaquil no es la ciudad más hermosa del mundo, ni siquiera, convengamos, de Ecuador, pero, caramba, sí que es la mejor ciudad del mundo.

Recuerdo escribir la réplica a los de Lonely Planet con mi guayaquileñidad tan al rojo vivo que parecía que me hubiera fumado alguna hierba celeste y blanca. Yo era el mismísimo Juan Pueblo con su gorrito de periódico. Creo que si alguien me hubiese escuchado el corazón en ese momento hubiera sonado Guayaquil de mis amores y no pum pum, pum pum.

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¿Qué dije? Ah, he ahí la clave. ¿Cómo defender la belleza de Guayaquil frente a, digamos, Quito o Cuenca? ¿Cómo decir al turista que pasee tranquilo por todos lados? ¿Qué decir para invitar a visitarnos? Si algo no somos los guayaquileños es hipócritas: sabemos lo que hay y lo que no hay y, de hecho, sabemos más lo que no hay que lo que hay.

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Aunque sé que nuestro Malecón es hermosísimo y que, además, tenemos la suerte de tener un río tan enorme que algunos turistas creen que es el mar y qué lindo pasear con el agua dándote la mano como un amor, no hablé de eso (un poquito sí, pero ahora no lo voy a volver a hacer, ya es un lugar común).

Aunque Las Peñas tiene unas calles tan deliciosas que dan ganas de comérselas a besos, tampoco hablaré de eso (y eso que idolatro el barrio de Las Peñas).

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Aunque el Cerro Santa Ana está tan bello con sus colores, tan parecido a un cuadro que los artistas, entristecidos, ahora tienen que pensar qué diablos hacer con su imaginación.

Aunque los edificios modernos, aunque los árboles, las flores –las veraneras- y las plantas, aunque la Torre del Reloj, aunque el Municipio, aunque los cerros, yo voy a hablar de otra cosa.

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Cada vez que vuelvo, apenas abrir la puerta del aeropuerto –que está tan bonito, ¿han visto las plantas del aeropuerto?– ya me inunda el olor a manglar, ese olor único tan metido en mi piel, en mis células, que lo reconozco como el de mi propia madre. Es una experiencia increíble sumergirse –porque es agua, el aire en Guayaquil es agua– en esa enorme pecera de humedad, mangle y sal.

Salir del aeropuerto es como que si una abuela muy amorosa te zampara un beso gigante en los cachetes.

Amo llegar a Guayaquil y respirarla: esto y ninguna otra cosa es mi casa.

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No diré, ¿cómo hacerlo?, que el calor no es hostil. Lo es, pero Guayaquil lo compensa con la sonrisa de la gente. Qué bestia de sonrisas. Sabemos que no somos perfectos, no tenemos la autoestima de un neoyorquino o de un berlinés, pero lo que sí tenemos es alegría. Y claro, tú te pones a pensar, ¿cómo está tan alegre una gente que vive todo el año bajo este sol que te grita en los oídos, con esta humedad casi completa, con este caos de tráfico?

Porque somos supervivientes, porque somos guayaquileños –no sé cómo más explicarlo–, porque la naturaleza quita por un lado y da por otro y a nosotros nos ha dado una naturaleza abierta, fresca, fácil, divertida, festiva.

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Dale play a algún aparato con música bailable y allá va el guayaquileño. Destapa una cerveza, sirve un pescado frito y, verás, no habrás tenido una farra como esta en la vida. Aparece, simplemente aparece. Tú viajero, tú extranjero, tú que vives en otra tierra, verás como de pronto, sin demasiada pregunta, eres uno de los nuestros.

Guayaquil es la ciudad del brother, del hermano, del pana, del ñañito.

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¿Cómo no va a ser la mejor ciudad del mundo? Yo, que soy de ahí, pero no vivo ahí, todavía me impacto cada vez que me encuentro con alguien que conozco: ¡ese abrazo! Parece, de verdad que parece, que hubieran estado parados en esa misma esquina de la ciudad esperándome. Guayaquil tiene eso: el cariño.

En Guayaquil ningún extranjero encontrará hostilidad o indiferencia. El guayaquileño agradece las visitas con sinceridad y afecto: no es extraño que los invitemos a nuestras casas y los cuidemos como a un primo que vive fuera. Guayaquil es cordial, increíblemente cordial.

Y la comida… Ah… La comida. Guayaquil compensa todas sus descompensaciones con unos platos que harían sonrojarse a la Torre Eiffel o a la Estatua de la Libertad, que son, pues, nuestra Torre Eiffel y nuestra Estatua de la Libertad. Una amiga española probó el arroz con menestra, carne y patacones y ya no quiere volver a comer nada en su vida. Su sueño es volver a Guayaquil a comer: ceviche, encebollado, bolón, pescado frito, cazuela, sango de camarones, sopa marinera, caldo de bola, arroz con concha, tigrillo, muchines, tortilla de verde.

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Ay, por dios. Escribir esto a diez mil kilómetros es un suplicio.

Permítanme llorar un ratito.

¿Cómo se puede vivir lejos de Guayaquil?

No lo sé. Tantos años y todavía no lo sé.

El mensaje tras cada palabra que escribí en esa réplica a Lonely Planet es que sí, seguro que no somos la ciudad más bella que existe, pero una cosa sí somos: la mejor ciudad del mundo.

Si no me creen vengan a comprobarlo.

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