Casa Gangotena - Revista CLAVE Turismo Ecuador

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El día en Casa Gangotena se anuncia delicadamente, como susurrando que es la hora de despertar con el aleteo de las palomas sobre la Plaza San Francisco y los rayos del sol filtrándose en sueños. Yo había dejado las gruesas y lujosas cortinas de mi habitación un poco abiertas para despertar en la madrugada.

No fue necesaria una alarma: a las 5 de la mañana a mi ventana asomó brillante la Virgen del Panecillo, un monumento emblema al sur de la ciudad, todavía iluminada para la noche. “Despierta”, parecía decirme. No soy madrugadora, pero la vista valió la pena desde el momento en que abrí los ojos. La alborada, desde Casa Gangotena, parecía correr su velo oscuro para revelar la intimidad de la ciudad.

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Subí a la terraza del hotel en pantuflas. Estaba algo despeinada, pero no quería perderme la vista de la Plaza San Francisco al amanecer. Los pájaros que cantaban con los primeros rayos parecían haber volado a otras partes: ahora sonaban las risas matutinas dentro de la iglesia y las primeras conversaciones de los madrugadores cruzando la plaza.

Desde la terraza, al borde norte del Centro Histórico, el cielo parecía arder de rojos y naranjas agudos que revolvían las nubes. Más allá de las torres de la Basílica del Voto Nacional, la iglesia neo-gótica más grande en Sudamérica, las puntas de los rascacielos del norte urbano moderno surgían apenas detrás de los vericuetosos tejados coloniales.

Las campanadas de la iglesia marcaron las seis de la mañana. Era como el permiso para que los murmullos subieran de volumen, las iglesias coloniales de las cercanías –como la Catedral y la iglesia barroca de la Compañía- apagaran sus luces y el cielo se tornara de un azul brillante. La ciudad despertaba a su ritmo, a paso de comerciantes, obreros, visitantes apurados o la deriva. “¡Periódico!”, gritó un vendedor desde la calle Benalcázar. No lo alcancé a distinguir entre las multitudes que aparecían, se juntaban y cruzaban en la Plaza San Francisco, cada vez más iluminada y cada vez más llena de gente y palomas.

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Somos los gritos que despiertan la ciudad. En la plaza, un vendedor de jugos de caña tentaba a los transeúntes gritando “¡caña!”, alargando las vocales. “Empanadas”, gritaba otra señora y “arepas” decía otro vendedor con acento venezolano. Desde la calle Bolívar emanaba el aroma de diversos puestos ambulantes de comida tradicional. Los nombres y los olores de la comida rodeaban cada rincón del barrio. Se me abrió el apetito y era la hora del desayuno.

En el restaurante me senté junto a la ventana que da a la calle Bolívar. La luz del sol que entraba desde la plaza iluminaba la mesa como disponiendo un foco al café que me sirvieron al llegar y al puesto del plato que me servirían. “Panqueques Gangotena”, pedí. Llevé un libro para la espera, que afortunadamente fue bastante corta. Alcancé a tomar un par de sorbos de café, leer pocas oraciones, cuando llegó mi plato. Lo devoré. El desayuno incluía fruta, cereal y jugos varios ilimitados para acompañar el plato principal.

El espacio es amplio. Te acompaña y a la vez te brinda privacidad para comer a solas o con tus seres queridos, pensar un rato o conversar, leer o compartir. Contrasta con el bullicio del barrio alrededor, vibrante, lleno de locales escondidos frecuentados por familias de vecinos que han habitado la zona por generaciones. Caminé para refrescarme un poco y conocer los sitios cuyas actividades había escuchado desde la terraza.

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El vendedor de prensa conversaba con un joven acerca del radiante sol de la mañana y, una cuadra más hacia la calle Rocafuerte, al sur, una anciana sentada sobre un banco de madera me ofrecía la sopa de Guagrasinga, un plato tradicional muy popular en comunidades indígenas andinas. “La próxima”, le dije. Seguía felizmente lleno por el desayuno del hotel.

La plaza es un punto de encuentro para la ciudad entera. Llegan estudiantes, comerciantes y turistas a dar vueltas, acercarse al mercado de San Roque –el más grande de la ciudad de Quito- o solo darse vueltas y disfrutar del sol. El juego entre niños y palomas cautiva: los niños corren hacia ellas y ellas vuelan disparadas y vuelven a juntarse poco después. Su pulular parece estar orquestado con las risas de los pequeños.

Volví a la terraza para ver todo el movimiento de ese momento, ya casi a medio día. Quito se extendía entre subidas y bajadas hasta las montañas nevadas del horizonte, pero se concentraba abajo, en una plaza con siglos de historia. La ciudad estaba despabilada, ocupada y vibrantemente viva. Verla era olerla y escucharla. Verla era respirar.

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